loader image

INTRODUCCIÓN

El presente ensayo visual es el resultado, medianamente articulado, de una serie de reflexiones que saltaron de imprevisto en los momentos menos propicios durante la cuarentena. Una de las condenas mas subrepticias de este estoico recogimiento, es que el pensamiento ha recuperado su primigenia condición intempestiva, una vez que las rutinas y los ciclos circadianos han perdido su vigencia e importancia. Derivado de ello, los estados de vigilia y sueño se han visto desdibujados, durmiendo la vida y viviendo el sueño, cavilando mientras se queman los huevos, se adormecen las piernas sentados en el inodoro, o la computadora se suspende por enésima vez en tres horas;

mientras se concibe interminable un vacuo rayo de sol y se apunta la mirada hacia ningún lugar, lapso en el que se transpiran pensamientos irrelevantes al respecto del futuro, el pasado, pero casi nunca del presente. Una conclusión prematura podría ser que la téknē ha regulado la temporalidad de la epistḗmē, limitando el pensamiento a operar en horas adecuadas o en intensos periodos de productividad intelectual; pero una vez que las rutinas han cesado, este se ha abierto libre campo de acción entre el insomnio, el ocio y el ascetismo.

La incomodidad derivada de unas obligatorias “vacaciones” domésticas, y el insoportable juzgamiento moral de una sociedad pendenciera, genera una tensión constante entre el desesperado aprovechamiento del tiempo libre y la acumulada necesidad de descanso que un ritmo frenético de vida ha suscitado en la gran mayoría de su población. Desde luego, esto no es más que el reflejo de una situación inédita en la historia moderna de la humanidad: tenemos que aprender a vivir de nuevo.

Otro escenario del intempestivo escarnio público es la urgida condición de condolencia y pésame permanente que debe acompañar cada una de nuestras acciones. En función de ello, resulta absolutamente inapropiado, no sólo manifestar, sino incluso pensar que esta emergencia, con todo el dolor y la precariedad económica que ha traído con ella, sea en determinadas circunstancias, un regalo, un cheque en blanco al portador con una cantidad indefinida de tiempo.

Empero el ocio trae consigo otro imperativo, pues la tradición de la hiperespecialización técnica, nos ha acorralado a exigir la competitividad productiva de cualquier actividad humana. El hobby, como tantas veces se ha manifestado en las más filosóficas trincheras del mass media, ha devenido en una responsabilidad tan extenuante como participar de una cadena de ensamblaje en una fábrica cualquiera, o lo que es lo mismo, el hogar como una extensión del mundo laboral o la gran debacle del tiempo libre: la monetización del ocio. Todo ello contrasta con otro afán de nuestra condición mediática, mantener entreabierta la indiscreta ventana de la intimidad, que, en el estado de cuarentena, es otra frontera difusa. Compartir las peripecias de las actividades diarias, de las rutinas de ejercicio, de los cursos de pintura o literatura online, demandan, tarde o temprano, ensalzarnos con los resultados, de lo contrario habremos fracasado incluso en aquello que hemos elegido libremente.

La penosa desventura de la introspección es, quizá, la mas grande prueba que los menesterosos citadinos deberemos afrontar. No es un descubrimiento que la polis ha formado sociedades débiles de carácter, menguadas en su capacidad de decisión y ha cimentado su poder de control en la desunión perenne de sus integrantes. El ruido y la combustión son la quintaescencia del letargo colectivo. Sucumbidos como ante el efecto de la pasiflora, estamos dispuestos a vivir nuestros días como si fueran el último.

Cómodamente sumergidos en la confusión populosa, el enajenamiento consciente resulta pues pudoroso; solos, ante un spotlight que nos apunta de frente, no podemos escapar del penoso ensayo de un monólogo al que le faltan líneas por escribir y muchas más por aprender. Evaluar nuestros propios pensamientos es ser víctima de un juicio sin tregua. Quizá por ello, la vía de escape radicará en las ventanas virtuales que se abren ante nuestros ojos y desde casi cualquier dispositivo.

DespuésDespués

LOS CUATRO ESTADOS DE LA IMAGEN
EN CONFINAMIENTO

Antes de consumir prematuramente muchos de los temas en los que aquí se desean ahondar, quizá sea preciso concluir esta introducción aduciendo que, como no podría ser de otro modo desde la instauración global de la iconofilia, la imagen se ha transformado aceleradamente en los meses subsiguientes a la detección de los primeros casos de COVID-19 en Wuhan. Empezando con el timelapse de la insólita construcción de un hospital en diez días, hasta la consolidación del papel higiénico como el trofeo neoliberal de un Black Friday; así como las imágenes cotidianas del exterior, deformadas por el espejo opaco de la televisión, y las propias, distorsionadas por los filtros de las aplicaciones móviles,

cada una de estas mutaciones ópticas son el colofón de una nueva visualidad que apenas nos aventuramos a descubrir. Hemos normalizado con ello ver rostros a medias y hemos aprendido a descifrar la mirada del otro como único vehículo para aproximarnos a la identidad de quién nos ve. Normalizamos también la mercantilización del dolor, de la enfermedad y de la desesperación; pues extensos infomerciales que narran la tragedia como una oportunidad para cuidar de nosotros y nuestras familias, son el epílogo de una sociedad neoliberal que ha logrado hacer del ocio, el temor y el amor, un recurso inagotable.

El propósito de este ensayo es reflexionar sobre la enorme diversidad de imágenes que han surgido en el caudaloso devenir visual del prolongado periodo de enclaustramiento en el que nos hemos visto sumidos; evitando redundar en materias, encontrando para ello cuatro estados de la imagen en confinamiento como vía narrativa: La imagen onírica, la imagen reflexiva, la imagen atemporal y la imagen omnipresente; todas ellas articuladas como partes de una extensísima imagen circular que se proyecta en el interior de un Panorama. La metáfora del Panorama, como aparato visual, resulta sumamente apropiada para las condiciones en las que se han desenvuelto el periodo de confinamiento.

Compuesta por dos vocablos griegos pân (todo) y hórama (lo que se ve), el Panorama designa entonces “todo lo que se ve” y consistió en una torre de estructura circular en la cual se disponía una tela a lo largo de la parte interior, bordeada por un barandal que simulaba un “mirador”. Esta condición de encierro, simulación, representación y punto desde el cual observar todo, se asocia perfectamente con las situaciones surgidas en el confinamiento; postrados, inmóviles e impotentes ante la simulación del exterior, nos avocamos entonces a una nueva estética del simulacro.

La metáfora del Panorama, como aparato visual, resulta sumamente apropiada para las condiciones en las que se han desenvuelto el periodo de confinamiento.

Desde luego, es de esperar que muchas otras imágenes alternas se hagan presentes en lo sucesivo; esperando con ello que de algún modo existan imágenes futuras que contar.

Carlos Felipe Suárez | Co-Curador