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IMÁGENES ONÍRICAS

Las imágenes oníricas nacen en el limbo del sueño y la vigilia. La constante del insomnio, que alimentó una profunda desconexión sensorial con el mundo exterior, también engendró la disolución entre lo que soñamos y percibimos, entre lo veraz y lo verosímil, entre lo que vemos y lo que anhelamos ver. Nuestra percepción visual y la producción de imágenes han alcanzado un grado tal de fidelidad con la realidad que vivimos, que todo parece extraído del sueño.

(Créditos del video: Stephenpkr)

Es sumamente probable que en alguna de las pesadas noches de pandemia hayamos intentado asir un delgado hilo de sueño que se suspende en la madrugada. La ligera hebra se escapa entre nuestros dedos. Nos estiramos hasta ella, nos contorsionamos en la cama para alcanzarla, pero cuanto más nos concentramos, más lejos se proyecta. Desesperados, buscamos las imágenes del sueño, convencidos de que proyectando aquellas imágenes lograremos enfocarnos de manera tan cierta que podremos escapar de la percepción de la realidad para al fin dormir. En mi caso, sin embargo, tarde me percaté de que eran imágenes del pensamiento y no imágenes oníricas las que percibía. Ya era la cuarta noche consecutiva en la que mi vigilia se prolongaba sobre el incómodo silencio del alba. Volteé a mi izquierda y vi los ojos de quien estaba a mi lado, iluminados y vidriosos, como dos faros cuidando una noche de tormenta.  Nos vi a los dos dando tumbos, dando nuestro mejor esfuerzo para fingir que dormíamos. Me levanté, exhausto de intentar conciliar el sueño y empecé a escribir.

Grutas de Cacahuamilpa. Fotografía de Gabriel Figueroa. Escena de Macario. Dir. Roberto Gavaldón. Créditos: Jasmine Escalante

Uno de los más atestiguados padecimientos confinatorios, es el insomnio. Inmersos en un interminable lapsus de excepción rutinaria, vemos desde nuestras ventanas miles de centenas de luces que, como un rectilíneo ejército de luciérnagas, decoran las madrugadas en todas las ciudades del orbe. A lo lejos, el espectáculo recuerda la majestuosa escena de Macario, donde una gigantesca gruta es iluminada por filas y filas de velas que representan las vidas de la humanidad. Es inevitable pensar en esa cueva cada que miramos, por ejemplo, la imponente CDMX desde los ovalados cristales de un avión. Por su parte la proximidad del espectáculo nos devela otra visión. Algunas fotografías voyeristas, nos muestran, a través de los balcones, los efectos de las luces mortecinas sobre los cuerpos de los moradores. Como una gran vitrina divida por entrepaños y cajones, observamos la danza de la vida nocturna a expensas del glamour del ruido y el neón. Los rostros iluminados por las parpadeantes luces de los televisores y teléfonos celulares, nos recuerda las intermitencias de la muerte que encarnaban aquellas velas de la gruta, pero aquí, a diferencia de aquel pueblo polvoriento en lontananza, no se podría olvidar que el objetivo constante era escapar, y la forma de conseguirlo era abrir otras ventanas al mundo. ¿Escapar de que? De la insoportable vigilia por supuesto.

Sería impúdico no abordar estos inéditos acontecimientos, al menos en la historia moderna, sin referirnos a uno de los más célebres pasajes de la literatura latinoamericana. El nivel de semejanza que me propondré a explicar a continuación, no quiere darle una connotación profética a la obra de García Márquez, ni mucho menos dislocar la imagen literaria del escritor convirtiéndola en una mesiánica letanía, como tantas veces ha acontecido; la casualidad será la vía del descubrimiento. Uno de los más memorables pasajes de Cien años de Soledad empieza cuando Rebeca llega a casa de los Buendía, acompañada de unos precarios enceres: un baúl, un mecedor y de un costal de huesos. Los motivos de su arribo, ambiguos por demás, nos resultan cada vez más prescindibles. Lo que es realmente importante, es que, después de curarse de su manía de comer tierra, Rebeca fue descubierta por Visitación, en plena madrugada, con los ojos iluminados como un gato, con el dedo en la boca y meciéndose interminablemente. La inda vigilante supo en ese instante que el fatal destino del que habían huido ella y su hermano, Cataure, los habría de perseguir hasta el fin del mundo. Era la peste del insomnio. Ante las explicaciones de Visitación, los industriosos Buendía no lograban explicarse el alarmismo de la india, ni la razón por la que Cataure había salido despavorido. “Si no volvemos a dormir, mejor -decía José Arcadio Buendía, de buen humor-. Así nos rendirá más la vida.” Lo que no conocían, desde luego, era las secuelas de la falta del sueño.

Las similitudes suscitadas con la actual pandemia saltan a la vista. En principio, está la necesidad de huir de aquello que nos resulta incurable. No pasemos por alto que los gobiernos americanos enviaron aeronaves a extraer de Wuhan a cientos de connacionales que pedían ser evacuados ante la inminencia del contagio. No olvidemos tampoco que la turba enardecida culpó largamente el arribo de la enfermedad a estos esfuerzos diplomáticos. En Cien años de soledad, se cuenta que Visitación y Cataure habían dejado sus lejanas tierras, dónde además eran príncipes, huyendo de dicha peste, pero ella los alcanzó allá a donde fueren; y es esa, quizá, una de las más francas realidades a las que nos tendremos que enfrentar de ahora en más. Puesto que la globalización es irreversible, las enfermedades viajan con visa de residencia permanente.

El cortometraje ‘La peste del insomnio’ busca evocar la esperanza en medio de la crisis sanitaria y económica desatada por el COVID-19, a través de la lectura de fragmentos de la obra de Gabriel García Márquez alusivos a la peste del olvido. Dirigido por: Leonardo Aranguibel (Venezuela) | Más información

La producción artística, y en general de imágenes, responde a esta contusión de lo real. El arte, que en algún aletargado momento del siglo XX se dedicó a lo onírico desde lo Surreal –un percance fuera del acontecer histórico-artístico según Greenberg–, hoy retoma las imágenes fruto del sueño/realidad pero no desde la trinchera de lo imposible, sino desde lo fáctico, lo acontecido. Hoy las imágenes oníricas cuentan los acontecimientos. Esta pequeña selección de obras al óleo, acrílico, acuarela, impresión digital, dibujo digital, programación, video, musicalización y performance, de los artistas Martín Peregrina, Alejandro Teutli, Enrique Beggar, Gaby Lucio, Emme Ang y Polo Hernández (aka Narco Porro), encajan en la descripción que pretende realizarse en este prolongado ensayo.

Volviendo a Macondo, con los prolongados estados de vigilia, la mente de los Buendía empezó a ver debilitadas las fronteras de la realidad. Las imágenes oníricas y la percepción de la realidad se confundieron en un profundo sueño colectivo del que se era imposible despertar, pues ninguno estuvo jamás dormido. He aquí uno de los más admonitorios relatos que García Márquez construyó jamás: “En ese estado de alucinada lucidez no sólo veían las imágenes de sus propios sueños, sino que los unos veían las imágenes soñadas por los otros. Era como si la casa se hubiera llenado de visitantes.” Del mismo modo que aconteció en la morada de los Buendía, nos hemos sorprendidos en la madrugada viendo interminables horas de videos subidos en las redes sociales, compartiendo imágenes virtuales y haciendo grandes esfuerzos por saber si aquello que vimos a las cuatro de la mañana hizo parte de algún sueño o no. Compartimos el aquí y el ahora en una videollamada que ha superado los avatares de la espacio-temporalidad, pues departimos alegres, y sin el menor jetlag, largas tertulias en maitines o laudes con familiares y amigos que están a siete o doce horas de diferencia. El vívido sueño de la colectividad informática, llegó a mi cuando durante una videoconferencia por Zoom, nos logramos reunir más de treinta parientes para festejar el cumpleaños de un querido tío. El resultado fue una metarrantiva dispar que consumaba las horas en conversaciones que saltaban de un lugar otro, charlas que buscaban individualizarse ante la imperante colectividad del medio, una realidad mediática en la que la anfitriona nos observaba a todos en diminutos cuadros. Dicha experiencia, en consonancia con el vívido sueño de Rebeca en el que Úrsula conoce a sus padres, pero no logra recordarlos, me sugiere, por el momento, otro memorable episodio del cine occidental.

En New York Stories (1989), puntualmente en el segmento titulado Oedipus Wrecks, Woddie Allen construye una realidad onírica cuasimacondiana: Sheldon Mills, el protagonista de la historia, tras afrontar una cita con el psicoanalista, puesto que sus complejos edípicos lo atormentan constantemente, observa en el cielo una visión de su madre, sobre el cielo de la ciudad, reclamándole por su incapacidad para regir su vida amorosa y por no haber sentado cabeza. El episodio se torna verdaderamente interesante cuando la alucinación empieza interactuar con la enorme multitud que, desde sus coches y en las aceras, establecen un diálogo con la madre de Mills, defendiendo su derecho a decidir u ofreciendo a sus hijas para un virtual compromiso.

De cualquier modo, creo que en eso consiste un poco el interactuar con la imagen onírica; difusas proyecciones que interactúan entré sí y con nosotros. En suma, la realidad develada por la telemática, en singular conjunto con las condiciones del atípico confinamiento, ha hecho saltar la capacidad onírica que tienen las imágenes técnicas en nuestro inconsciente, pues nos sentimos cada vez más cómodos con un sistema que permite interactuar, sólo en la medida en la que compartimos un plano de lo visual, sin importar si ello se da en un no-lugar, como flotantes cabezas que se aparecen en el cielo de una populosa ciudad.

Escena de la madre de Shelldon Mills en el cielo de Nueva York. New York Stories. “Oedipus Wrecks”. 1989. Woody Allen.

Reflexiones sobre la pandemia | Martín Peregrina
Videoclips sobre el proceso creativo

"Como en una maldición aristotélica, los objetos fueron desapareciendo ante ellos al carecer de un carácter nominal que los pudiera designar. No existe aquello para lo que no hay nombre"

Volviendo al paralelo con Cien años de soledad, la pandemia de insomnio trajo consigo otro demoledor efecto, la proliferación acelerada de la amnesia. Los habitantes de Macondo fueron olvidando paulatinamente las fechas, los compromisos, los nombres de sus amigos y hasta los nombres de las cosas. Como en una maldición aristotélica, los objetos fueron desapareciendo ante ellos al carecer de un carácter nominal que los pudiera designar. No existe aquello para lo que no hay nombre. El hábil Aureliano concibió un sistema para recordar las cosas, el cual consistía en escribir sus nombres, con una breve descripción de su uso, y pegarlo en el frontispicio como una tarjeta de presentación o el collar de un perro. El efecto más grave, al igual que con el Alzhéimer, es que terminaron por olvidar cómo leer, como hacer, o como vivir. A este respecto, el olvido es una latente posibilidad ante la prolongación del confinamiento. Tememos que al terminar no sepamos volver a vivir en sociedad. Nuestro cuerpo ha olvidado la rutina y las horas se apelmazan una tras otra hasta conformar una masa amorfa que desdeña las cronologías productivas. Nos resulta imposible separar los minutos, saber donde empiezan y terminan. Cumplir horarios para dar, o recibir, una clase en línea o atender algún compromiso que nos acosa desde un lejano pasado irreconocible, es una labor tormentosa. Nos agolpamos todos en la ventana de la incertidumbre, esperando a que suceda algo que nos regrese a ese extraño país de la memoria rutinaria.

Existe, sin embargo, otra forma más trascendente en la que el temor a olvidar nos consume. Tememos ser olvidados. La atazagorafobia es un padecimiento vinculado con los desórdenes mentales y diferentes tipos de ansiedad, que puede ser definido como el temor extremo al olvido, pero en un sentido más profundo, es considerado también como un temor a ser olvidado o ignorado. Dicho padecimiento es una manifestación poderosa del ego, del yo hacedor que no concibe un mundo sin él, pero es, en esencia, un temor legítimo que todos habremos padecido en algún momento de la vida. No es una novedad descubrir que, antes de los tiempos de pandemia, ya todos estábamos enfermos. De cualquier modo, lo que resulta interesante aquí es que las condiciones de aislamiento han puesto de manifiesto una inusitada necesidad de reconocimiento. Las limitaciones para participar activamente del engranaje social, han producido una derrama de talento: cronistas, activistas, modelos, artistas y maestros de la fonomímica surgen de los confines de la red, casi al mismo ritmo en el que se divisan especies animales retornando a sus hábitats naturales. Desde luego, este momento de aislamiento histórico no es más que un potente combustible que ha alimentado un fuego que venía ardiendo desde tiempo atrás. Así las cosas, podría decirse que estamos ante otra plaga mundial: una pandemia de ego. El prolífico vehículo de difusión del ego, y de hecho el resultado mismo de este, es la imagen sobreproducida del yo, o lo que es lo mismo, la imagen que soñamos de nosotros mismos. Otra imagen onírica.

Acrisolado como un árbol centenario, la imagen del ego ajeno irrumpe en nuestras alienadas vidas para incomodarnos, distraernos o inspirarnos. Nos vemos en condiciones adversas para ignorarlos, puesto que ya no queremos voltear los ojos hacia dentro; la introspección, como se verá en el último eje de esta exposición, es quizá la imagen más difícil de observar. En suma, dicha sobreproducción visual del ego responde al temor trascendente de no poseer una imagen del yo a la cual recordar. En consonancia con ello, cuando Melquiades se encuentra al amnésico José Arcadio, este “[…] lo saludó con amplias muestras de afecto, temiendo haberlo conocido en otro tiempo y ahora no recordarlo. Pero el visitante advirtió su falsedad. Se sintió olvidado, no con el olvido remediable del corazón, sino con otro olvido más cruel e irrevocable que él conocía muy bien, porque era el olvido de la muerte.” Pero no sólo en la literatura ha sido explorado este temor. En la iluminada gruta en la que Macario es interpelado por la muerte, quién le muestra la fragilidad de la vida humana al extinguir la llama de una de las velas, se construye una poderosa metáfora que busca homogenizar la pobre imagen humana ante la eternidad; somos diminutas luces cuyo ego no puede contravenir el inexorable paso del tiempo.

El día de muertos, una de las primeras tradiciones transnacionales, es, a decir verdad, un recuerdo latente de que el origen y final de nuestra existencia, encuentra sentido al ser recordados. En Coco, la película de Disney, la fórmula para comprender la relación entre la memoria y el tiempo es consumada gracias a la fotografía. La existencia eterna de los individuos, depende pues de la capacidad que su imagen tiene para ser recordada. La imagen técnica, gracias a su condición de registro, se ha manifestado largamente como un espejo de la realidad, y en ese sentido, como un reflejo del tiempo mismo, articulando en ella, gracias a su condición de huella, una memoria visual.

Los altares de muerto, del mismo modo que el complejo aparato construido por José Arcadio Buendía para no olvidar, son el Atlas Mnemosine de la memoria familiar.

Por su parte la inagotable imagen digital del súper yo mediático, que se construye en Instagram, Tik Tok, Snapchat o Facebook, es el gran atlas del temor al olvido, la panoplia de la patología mundial. Es probable que el mayor inconveniente del confinamiento no devenga quizá de olvidar las imágenes del otro, sino de no poder reconocerlas sin el velo de una pantalla como intermediario. Nuestros smartphones son el trampantojo de un mundo construido a medida y la imagen más fiel de nosotros mismos. En efecto, uno de los grandes problemas de la imagen técnica es que estamos ante ella como ante el tiempo mismo, difícilmente la necesitamos para el presente; pero en nuestra condición actual, el presente debe ser divisado a través de la imagen técnica. Como de vuelta en el famoso mito platónico de la caverna, no podemos ver el exterior, observamos solo las sombras proyectadas. Miramos el mundo como a través de un Panorama, y lo que vemos allí, son las gigantescas reproducciones de la realidad difuminada: imágenes oníricas que los otros han producido de sí. ¿Seguirá siendo la imagen técnica el dispositivo ideal de la memoria o se convertirá en el lente obligado para ver el presente?

Acuarelas / Historias | Gaby Lucio de Esesarte

Producción pictórica en timepos de confinamiento convertida en historia de Instagram.

 

"[...] la imagen, durante mucho tiempo, se vio reservada para representación de la grandeza, la divinidad o los acontecimientos importantes, pensar en una imagen de si mismo era un acto inconmensurable de soberbia y vanidad; brujería, si se quiere. Desde hace un siglo y medio, tememos todo lo contrario. Creemos desgastarnos en la medida en la que no somos reproducidos como imágenes técnicas"

Uno de los grandes temores de las primeras generaciones que se enfrentaron a los medios de registro lumínicos, fue verse reflejados en ellos. La imagen propia en una pintura era una vanitas que se permitían muy pocos, y para lo cual se preparaban desde su infancia, puesto que estaban destinados a la eternidad; pero la imagen técnica confrontó a todos los grupos sociales a verse suspendidos en el tiempo. La popularización de la fotografía nos obligó a convivir con una imagen inmortalizada de un tiempo perenne. Cuando Melquiades le presenta el daguerrotipo a José Arcadio, el estupor lo consumió, pues como recuerda García Márquez, “José Arcadio Buendía estaba asustado la diáfana mañana de diciembre en que le hicieron el daguerrotipo, porque pensaba que la gente se iba gastando poco a poco a medida que su imagen pasaba a las placas metálicas.” Esta anécdota personal de un personaje de ficción, es, a decir verdad, una popular creencia en pueblos iconodúlicos como los hispanoamericanos. En nuestras sincréticas sociedades las veraefigies son tan veneradas como las imágenes de bulto de santos apócrifos. Las fotografías de narcotraficantes ocupan lugares en altares domésticos, el santoral de las iglesias es sometido a castigos sino conceden favores y los dioses Orishas, como las rocas, necesitan ojos para ver. Quizá fuera por ello que la imagen, durante mucho tiempo, se vio reservada para representación de la grandeza, la divinidad o los acontecimientos importantes, pensar en una imagen de si mismo era un acto inmensurable de soberbia y vanidad; brujería, si se quiere. Desde hace un siglo y medio, tememos todo lo contrario. Creemos desgastarnos en la medida en la que no somos reproducidos como imágenes técnicas. Queremos ser imagen, queremos ser vistos, necesitamos ser proyectados más allá del tiempo y el espacio, queremos ser recordados, extraídos de la muerte y el olvido. Queremos ser soñados por otros.

Crédito de la imagen: Colección de la Fototeca Juan C. Méndez

La relación entre el sueño y el tiempo nos da la sensación de que la imagen onírica es una construcción atemporal. Nos regocijamos en realidades alternas en las que, emocionados al encontrar imágenes nunca antes vistas de familiares, amigos, o nuestros ídolos musicales, los sentimos vivos, como percibiendo un acto que está aconteciendo en el presente. Nos encontramos en una relación tan estrecha y normalizada con las imágenes oníricas que nuestros sentimientos reaccionan con total intensidad ante ellas. Lloramos ante una desconocida foto de nuestros abuelos, o cantamos alegres un cumpleaños desafinado en tres continentes al mismo tiempo. Nos sentimos tan cómodos ante la atemporalidad de las imágenes oníricas, que olvidamos momentáneamente nuestra fatal relación con el tiempo, como átomos dispersos en el universo. Pero una de las más peligrosas consecuencias de ese olvido temporal, es que la memoria nos permite situarnos como seres históricos, es decir, como individuos que entienden su devenir en el tiempo, su procedencia, su lugar en el presente y las posibilidades del futuro. La imagen onírica nos invita a sentirnos eternos en este efímero lapso que permite las condiciones de confinamiento. Y ante ello, cabe preguntarse si en este prologando letargo, sabremos distinguir cuando termina el sueño.

Equipo Curatorial